Una diversidad fecunda que nos hace hermanos
- Administrador CM-APU
- 27 abr
- 2 Min. de lectura

Al equipo organizador de la Escuela Berceau IV, con mucho gozo y gratitud llegamos a ustedes para compartir sencillamente nuestra experiencia de encuentro, cercanía y riqueza inmensa recibida en los días en que vivenciamos que la espiritualidad de Vicente y Luisa nos impulsa, “más allá de las fronteras”.
Trascribimos a forma de evaluación la experiencia de una compañera:
“Llegué a la Escuela Berceau con temor y desasosiego. Venía de Montevideo de trabajar en la salud y de golpe me encontré rodeada de maestros y profesores, era raro porque compartían algo en común, (alumnos, clases) y yo venía de hospitales, turnos, pacientes. En ese salón resultó que éramos todos iguales y lo que más importaba eran las ganas de ahondar en lo que nos unía, el Carisma Vicentino.
Lo primero que me dejó el Berceau esa mañana luego de la proyección de un fragmento de la película, fue sentir el “chasquido” de la zuela de los zapatos de san Vicente de Paul en ese camino de tierra árida y seca. Y entendí entonces que Dios elige “casas” humildes con manos que se animan, aunque vengan de otro “palo”.
Lo segundo que me dejó fue compartir las experiencias de cada uno de nosotros tomando de guías a los religiosos, reafirmando que Dios se sirve de los hombres para ayudar a los más necesitados. Sentimos que nos nutrió y potenció enormemente, generando la necesidad de compartir esta herencia en el lugar donde el Espíritu nos impulsa.
Lo que más me marcó —y nos marcó— fue ver cómo personas de distintos países, oficios y realidades caminaban hacia un mismo horizonte. No desde la uniformidad, sino desde una diversidad fecunda: unos desde el aula, otros desde el hospital, algunos desde la pastoral, otros desde el voluntariado. Esa diversidad no nos dispersó: nos hermanó.
Y me quedó la certeza silenciosa de la perseverancia de san Vicente y santa Luisa. Ellos conocieron el fracaso, la incomprensión, la precariedad. Y sin embargo, no se rindieron; supieron remar contra la corriente en el siglo XVII, y lo que construyeron sigue moviendo nuestras manos. Esa fidelidad creativa nos desafía: no se trata de gestos heroicos, sino de una constancia humilde que sabe que el Reino se edifica en lo pequeño, día a día.
Agradecemos de corazón por este espacio de formación, que nos permitirá compartir en el servicio recibido.
Dios los bendiga".
Agradecemos a Soledad, Norma y Armozina (Tacuarembó, Uruguay), por su testimonio.




Comentarios