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Las hojas secas que empezaron a volar


Los llamados de Dios son un misterio, y eso fue lo que vivió cada representante de las delegaciones de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay; la convocatoria para ir a la Escuela Berceau IV. Más que una escuela, un hogar de la familia vicentina.


Cada uno con su historia, su comunidad y rol, pero unidos por el carisma vicentino; la fraternidad del país del guaraní y el acompañamiento de los padres de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, vivimos un tiempo de profundo aprendizaje y espiritualidad. No sólo por conocer los albores del carisma, sino por vivenciar en cuerpo y alma las enseñanzas de Cristo.


Entender los orígenes de san Vicente de Paul y santa Luisa de Marillac nos puso en la incomodidad de revisar nuestra misión cotidiana. Nuestro servicio con el otro. Ver el lado humano de ambos santos y ver sus obras, sólo pudo hacernos pensar en una frase: “¿y qué podemos hacer?” Misma pregunta que, quizás, en Folleville se escuchó alguna vez para que todo comience…


Ese fue el interrogante que resonó en aquellas jornadas. No sólo para involucrarse en las actividades propuestas de los padres y las hermanas, sino en revisar nuestros caminos en las comunidades propias y volver con el corazón ardiente y rumiando. Pensando cómo y a quiénes Vicente y Luisa servirían en nuestro presente… tan distinto al de ellos, pero su misión tan actual como aquel entonces.


El último día, viajar al Leprocomio “Santa Isabel” fue una actividad que varios no esperábamos pero, como no se trata de entender, nos entregamos al Espíritu Santo para ver qué nos tenía preparado allí. Como hojas secas que se entregan al viento, que no se sabe de dónde viene ni a dónde va, pero sí que sopla con fuerza.


Ese soplido fue vivir el carisma en su expresión total: acción y oración. Conversar y escuchar a los habitantes de la colonia, y compartir la eucaristía como hermanos, no fue más que sentir en el corazón el servicio de San Vicente y Santa Luisa. Encarnar la teoría trabajada de los días previos.


Esta primera parte de la Escuela Berceau IV nos dio un regalo. Uno que fue para compartir entre todas las delegaciones, uniéndonos, también para llevarlo con responsabilidad a nuestras comunidades. No por mandato, sino por esa vocación de servicio para llevar la Buena Noticia a los demás.


¿Y, qué regalo, dirán? Ser esa hoja seca. Secarse lo suficiente para que el soplido del viento nos lleve a lo que Dios nos tiene preparado. Hojas que pueden mojarse en el camino… pero el calor del Espíritu Santo siempre aparece y nos abraza para volver a la senda, y así servir a otros para que también se puedan elevar.


¡Gracias por este regalo, y que san Vicente de Paul y santa Luisa de Marillac nos sigan

guiando para estar cada vez más cerca del Reino de Dios!



Agradecemos a Jonathan Arbore, docente del Instituto Medalla Milagrosa (Ciudad Autónoma de Buenos Aires) y participante de esta Edición, quien nos ha compartido esta breve reseña.

 
 
 

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